Paul y el cine, he titulado. Paul y la vida podría haber escrito. Porque la vida es una suma de momentos. Y son ya muchos momentos míos que llevan su imagen acoplada. Las lágrimas con el tranvía y con mi Miriam, cielo, que eras una niña y yo casi una madre, mientras gastábamos la cinta del tranvía borrando la sonrisa y el torso de Paul. O la persecución en New York, cuando estaba con Jaime, que me llevó al teatro de Broadway por si podía, ahora sí, hacerle la entrevista imposible. (En aquellos tiempos yo ya no colaboraba en revista alguna, pero estaba dispuesta a inventarme un periódico con tal de poder hacerle ni que fueran cuatro preguntas a Paul). No pudo ser tampoco. Paul se escabulló nuevamente. Recuerdo verle marchar, saliendo del teatro, y meterse en un cochazo negro, y yo detrás con mi libretita gritando Paul, Paul, como quien llama al hijo que va a cruzar la calle sin mirar. Paul ni se giró, acostumbrado estaría a locas que le seguían. Jaime, mi Jaime de aquellos días, sí que me miró. Creo que aquel día decidió dejarme. Creo que aquel día descubrió que estaba con una loca y ni él ni su banco podían tolerar tanta locura ni tanta fantasía. Lo siento, Jaimito, una es maravillosa, lo admito, pero haber estado conmigo no te salva de tu mediocridad.
Queda Paul en la soledad del recuerdo. Lo veo salir, meterse en el coche, alejarse. Espero que haya huido ahora también de la misma forma. En un confortable coche rumbo a otra vida igualmente dichosa. Seguiré recordando aquellos momentos de nuestro casi-encuentro. Y seguiré dándole las gracias, porque si aquel día Jaime descubrió mi locura, yo descubrí que él no era Paul Newman. Y se acabó todo, claro. Porque tenía que ser así.



